
La novela El �angel de Sodoma (1928) del escritor hispano-cubano Alfonso Hern�ndez Cat� es una de las primeras ficciones hispanoamericanas en las que se aborda protag�nicamente el tema de la homosexualidad.1 S�lo este hecho bastar�a para atraer la atenci�n de los estudiosos atentos a la construcci�n del discurso del poder en Hispanoam�rica. Pero a esta condici�n de por s� significativa se le agrega un factor que dificilmente puede pasar desapercibido y que motiva la escritura de este ensayo. Me refiero a la particularidad de que la novela en cuesti�n recibiera en la segunda edici�n2-fechada en 1929-1a adici�n de un pr�logo a cargo del m�dico endocrin�logo Gregorio Mara��n y de un epilogo a cargo del abogado crimin�logo Luis Jim�nez de As�a, figuras ambas de indudable influencia en Espa�a asi como en el reste del mundo hispano. Como es de suponer, el proceso de enmarcado al que se somete el texto de Hern�ndez Cat� ser� decisivo al momento de evalual los elementos puestos en juego en esta superposition de textos. Sepultada, contenida bajo una intrincada red discursiva, yace la figura de Jos� Mar�a V�lez-Gomara, el h�roe tr�gico de la novela de Hern�ndez Cat�.
El volumen se abre con un breve di�logo -escrito por Hern�ndez Cat�-, el cual funciona a modo de epigrafe y que sirve de introducci�n ya no s�lo a la novela sino tambi�n y sobre todo al pr�logo mismo. All� queda formulada la indole de "eso" a lo que se alude con una profusa utilization de la perifrasis: "�Y va a usted escribir una novela de 'eso'? �Qu� ganas de elegir asuntos ingrates!" (9). Alrededor de lo innombrable, como es de esperar, se teje pronto un expresivo conjunto de im�genes que aluden a la condici�n vil de "eso". No tarda en aparecer toda una sucesi�n de "ci�nagas", "relentes metafisicos", "grasas irisaciones", en un drama en el "que lirios y nenufares se esfuerzan pat�ticamente, a pesar de sus raices podridas, en sacar de ellas impolutas las hojas" (10). Sin embargo, justifica el autor, como "la qu�mica cient�fica, la art�stica puede obtener de los detritus esencias puras" (Hern�ndez Cat� 9).
Desde un principle queda establecido el r�gimen que habr� de delimitar la "puesta en discurso"3 del tema escogido; en este sentido la "qu�mica cient�fica" invocada por Hern�ndez Cat� en el ep�grafe no s�lo purifica en su enunciaci�n as�ptica la materia escabrosa, sino que legitima su tratamiento literario. La autoridad, es el corolario que se desprende de aqui, viene conferida por la asimilaci�n expl�cita del discurso art�stico dentro del �mbito de lo cient�fico. Pero en realidad la sola invocaci�n a la figura del prologuista, "the most famous Spanish medical specialist of the century" (Smith 17), basta para hacer funcionar el mecanismo de autoridad activado ya en las instancias que anteceden a la lectura de la novela y del pr�logo mismo. Situaci�n que, como ocurre en este caso, se ve agudizada si tenemos en cuenta qui�n ejerce dicha funci�n. Tal como lo reconoce Carlos Sainz de Robles (a su vez en un pr�logo para un libro que recoge el pensamiento del m�dico espa�ol), la actividad de Mara��n como prologuista fue extraordinaria y dificilmente igualada o superada entre sus contempor�neos. La importancia-a todo nivel-que se le atribuye a este hecho se ve reflejada en las siguientes palabras de Sainz de Robles:
Un pr�logo del doctor Mara��n casi siempre vale m�s que el libro prologado, pues que contad�simas veces el autor de este libro tiene la talla cientifica o literaria del genial autor de tantos libres fuera de serie. Un pr�logo del doctor Mara��n multiplica el diez por ciento de los derechos de autor y el cincuenta por ciento de los derechos del editor. (Idearium 2)
En el pr�logo al libro que nos ocupa, Mara��n no hace m�s que desarrollar estas met�foras que ya ven�an sintetizadas en el ep�grafe de Hern�ndez Cat�. All� el m�dico espa�ol resume gran parte del ideario que qued� diseminado al interior de su copiosa producci�n. En este caso Mara��n aborda "el tema sexual" (15). Despu�s de leer los abundantes escritos que Mara��n dedic� al tema queda claro que para �l la sexualidad humana costituye una fuente constante de dolor y de angustia para el ser humano. En esta l�gica el dolor se justifica como necesario en virtud de su capacidad gen�sica: "el dolor es el �nico est�mulo para el progreso" (19) nos dice el autor. La felicidad por otro lado se concibe como una fuerza esterilizante que estimula la infecundidad y el estancamiento social. Dentro de este panorama general que el mismo Mara��n se encarga de subrayar hay que leer los conceptos que expone a prop�sito del libro de Hern�ndez Cat�. La homosexualidad para Mara��n es "una aberration de la sexualidad" (21) cuya "aparici�n coincide con la de los primeros libros cient�ficos" (22). La ciencia antecede y legitima al discurso del arte en tanto revela una verdad ("la" verdad) que caracteriza la rigurosa concepci�n de la obra cient�fica. As� es posible entender "los documentos profundamente cientificos" (24) que brindan las obras literarias. La obra literaria, en consecuencia, alcanza su l�mite rn�s relevante en tanto documente que atestig�e lo que la ciencia corrobora. Lo restante es lo meramente "literario", lo que hay que desde�ar por estar alejado precisamente del marco preestablecido.
El llamado "problema de la intersexualidad" aparece en la base de esta concepci�n. El autor entiende por intersexualidad un estado de indecisi�n previa a la madurez sexual del individuo en el que el desarrollo "normal" del instinto sexual conduce a la heterosexualidad. Mara��n resume aqu� los argumentes que esgrimi� poco antes con detalle en su libre Tres ensayos sobre la vida sexual (1927). Dice al respecte: "es evidente que todo ser es, en sus principles, bisexuado, y que s�lo posteriormente se decide el sexo definitivo a que pertenecemos durante toda nuestra existencia" (170). Lo que se produce es una lucha donde el Otro es el enemigo, el cual a pesar de que "ha sido destru�do y dominado" (Tres ensayos 170-71), vive acechando al sexo que lo tiraniza. La cruenta "batalla" termina con la pubertad y en su desenlace se revela la concepci�n evolucionista que la anima: el sexo leg�time o principal se impone sobre el ileg�timo. Esta teor�a que se postula come una "verdad adquirida" (28) tiene que ser reforzada con la intervenci�n de otros discursos, como el pedag�gico o el legal, a fin de asegurar el cumplimiento efectivo de aquello que se invoca como norma. Al respecte puntualiza Mara��n: la exaltaci�n del sexo leg�time y la abolici�n de los restes heterosexuales, es, pues, todo un programa pedag�gico, si bien la generosidad de la intenci�n est� todav�a muy lejos de la eficacia de nuestros medios para conseguirla (Tres ensayos 178). As� tambi�n, en virtud de esta oposici�n, se descarta toda posibilidad de que en este ser bisexuado opere lo que Butler, siguiendo lo apuntado por Mikkel Borch-Jacobsen, llama "The notion of the Other in the self ("Imitation and Gender Insubordination" 316); es decir, el reconocimiento de un sujeto en el cual la acci�n del Otro queda radicalmente implicada y no opuesta a la del "yo". Por el contrario, lo que se busca recalcar en el razonamiento patriarcal de Maranon es el car�cter amenazante de la otredad, la misma que en definitiva queda confinada a la esfera de le patol�gico.
En este contexte se define a la homosexualidad como un "episodio aberrante" (29) de la evoluti�n intersexual; la "evoluti�n normal", como ya vimos, conduce a la heterosexualidad, mientras que el instinto apartado de su evoluci�n normal se constituye en "una rama torcida en el progreso de la vida sexual" (33) que desemboca en la homosexualidad. En consecuencia es posible afirmar que "El homosexual es simplemente el hijo de un extrav�o evolutive. No es enferme ni un monstruo, ni tampoco un delincuente, aun cuando pueda delinquir como el individuo de sexo m�s perfecto" (30). Con este �ltimo aserto Mara��n intenta fijar un concepto que tanto aqu� en el pr�logo, como en el reste de su producci�n se contagia de la naturaleza "ambigua" de su definici�n, la misma que a veces se flexibiliza-o que francamente se contradice-y reconoce abiertamente el papel fundamental que cobran la educaci�n y el medio ambiente en el desarrollo de la sexualidad. En relaci�n al inter�s de Mara��n por la llamada intersexualidad femenina, Paul Julian Smith ha se�alado el estatus complejo y contradictorio que cobra el pensamiento del m�dico espanol, sobre todo en conexi�n con el contexte en el que Mara��n escribe (19). Lo que s� no deja lugar a dudas a pesar de las dubitaciones advertidas es el claro rechazo que le produce todo intente de "normalizar" la homosexualidad. Mara��n contradice fervorosamente la opini�n de los "fariseos" que seg�n �l abogan por la normalidad del homosexual y por su admisi�n en la esfera social.
Hasta aqu� queda en evidencia el proceso de naturalizaci�n que el discurso m�dico positivista ha elaborado repecto a la heterosexualidad. El esencialismo que anima esta postura fija identidades emp�ricas aunque siempre en el l�mite de acuerdo a las estrategias que utiliza el discurso homof�bico (Jagose 9, 10). De tal modo se comprende que en �ltima instancia la oscilaci�n en el planteamiento no compromete la intencionalidad un�voca del discurso, ya que en t�rminos operativos se persigue un mismo fin. La misi�n del intelectual "progresista" por tanto consiste en divulgar esta "verdad"-que al mismo tiempo monopoliza y reproduce-a trav�s de todos los canales posibles. Simult�neamente se produce una reinscripci�n de las normas hegem�nicas que en su incesante repetici�n crean el ilusorio efecto de "Io natural" (Butler, Bodies that Matter 94-96). Para el caso concreto del pr�logo de Mara��n-como tambi�n suceder� con el texto de Jim�nez de As�a-resulta visible que este prop�sito se cumple cabalmente. El minucioso registre en el que quedan resumidos los estatutos de la normativa heterosexual vigente no dejan opci�n para pensar Io contrario.
El ep�logo del libra est� a cargo del abogado crimin�logo Luis Jim�nez de As�a, reconocido por su postura progresista en lucha contra los estamentos conservadores representados por la iglesia y las dictaduras militares. Jim�nez de As�a, quien no duda en autodenominarse como "uno de los hombres de izquierda en Espa�a" (Pol�tica. Figuras. Paisajes 241), est� inmerso en una aut�ntica cruzada (de la que da cuenta en su ep�logo) contra el oscurantismo religioso. Adem�s destaca en su pensamiento el "Hispanoamericanismo" por el que abog� como una opci�n opuesta al Panamericanismo y al Latinoamericanismo, doctrinas a las que descarta por su postura proyanqui y su afrancesamiento respectivamente. El ideal hispanomericanista del que hace eco Jim�nez de As�a, estuvo basado en la exaltaci�n de una pretendida "fratemidad espiritual"-de car�cter laico o religioso seg�n el caso-al que las ex-colonias espa�olas se deb�an adscribir bajo la gu�a severa de la Madre Patria. La "misi�n" proselitista que llevan a cabo Jim�nez de As�a conjuntamente con Mara��n, est� en perfecta consonancia con las ideas y los programas desarrollados de manera ininterrumpida tanto por intelectuales liberales como conservadores durante este per�ode. Dentro de la estrategia del Hispanoamericanismo se incluye por ejemplo el "cambio de intelectuales entre Espa�a e Hispanoam�rica" (Pol�tica 82). En diciembre de 1927 Gregorio Mara��n ofrece una serie de conferencias en la Asociaci�n Hispano-Cubano de La Habana agrupadas bajo el t�tulo de "Los estados intersexuales en la especie humana". Jim�nez de As�a a su vez se destaca por el activo intercambio e inter�s por la llamada Am�rica Hispana. Un indice de ello va a estar dado por el entusiasmo con que colabora en la "Secci�n de estudios americanistas" de la Universidad de Valladolid.4
El jurista espa�ol se presenta a s� mismo como un "lector vigilante" (Ep�logo 239), atento a la interpretaci�n "moderna" de la homosexualidad. Hasta cierto punto Jim�nez de As�a radicaliza a�n m�s la propuesta de Mara��n, de quien por lo dem�s extrae gran parte de su saber cient�fico. Seg�n Jim�nez de As�a la obra de Hernandez Cat� esta respaldada por el conocimiento de "las m�s modernas concepciones biol�gicas" (242) gracias a las cuales "Cat� nos demuestra la naturaleza cong�nita del homosexualismo" (242-43). Parece no haber dudas que tal como acontece en el pr�logo de Mara��n, lo que se nos propone nuevamente es leer la novela como un documente que prueba una ley cient�fica. En esta ocasi�n las implicaciones jur�dicas son las que su caso ejemplar suscita. Los homosexuales, como los locos, argumenta Jim�nez de As�a, son seres que han sido tratados de manera injusta:
La consecuencia l�gica de esta etiolog�a voluntaria de la homosexualidad -como antes de la demencia-es el tratamiento represivo que quiere imponerse a los invertidos por quienes postulan tan viejas concepciones. (253)
Las nuevas concepciones por las que aboga Jim�nez de As�a est�n vinculadas con una concepci�n (pseudo)humanitaria, que en la exacerbaci�n de su ideal cientificistapuede abogar indistintamente en determinado momento tambi�n por el "mejoramiento de las razas" (Pol�tico. 242). En este caso el marco jur�dico en el que centra su reflexi�n Io lleva a decir que "esta novela de Hern�ndez Cat� es profundamente educativa" (246); esto es, ha sido concebida y debe ser le�da con la misma objetividad cient�fica con la que se discieme sobre una cr�nica que relata un crimen o da cuenta de "un problema social" de mter�s p�blico.
En su libro Cr�nica del crimen (1928), Jim�nez de As�a recoge una serie de art�culos escritos a partir de sonados casos de actualidad. Resulta evidente que el autor lee la novela de Hern�ndez Cat� como una cr�nica m�s que documenta una "anormalidad", asociada muchas veces con conductas criminales. A prop�sito del inter�s cient�fico que le generan tales asuntos escribe el autor:
En cambio me parece preciso subrayar que no penetro en el asunto con pasiones y prejuicios, sino con el adem�n severe del hombre que pone la investigaci�n cient�fica por cima, incluso de las emociones, bien humanas, de conmiseraci�n y dolor. (Cr�nica 11-12)
No sorprende que Jim�nez de As�a preste particular atenci�n a todo lo relacionado con la homosexualidad en la comisi�n de los delitos. Dos de sus cr�nicas recogidas en este libro, "El crimen del expreso de Andaluc�a" y "Un crimen misterioso", sirven para ilustrar Io anteriormente anotado. Jim�nez de As�a niega primero la existencia de un "tipo criminal" pero reconoce por otro lado la influencia de factures ex�genos ("la mala vida") y end�genos. Entre estos �ltimos la homosexualidad ocupa un lugar preferential.5 "De todos los participantes de este crimen ["El crimen del expreso de Andaluc�a"] ninguno ofrece m�s inter�s que S�nchez Navarrete" (Cr�nica 24), un homosexual de buena familia que al exhibir una religiosidad "morbosa" focaliza la atenci�n del cronista. En "Un crimen misterioso" el argumente de la homosexualidad aparece tomado en sentido inverso. Jim�nez de As�a pone en entredicho la especulaci�n de las "posibles tendencias homosexuales" de la v�ctima de un crimen precisamente en funci�n de argumentas tenidos vulgarmente por opuestos. Dice por ejemplo que: "Son argumentas contraries de tal supuesto el hipervirilismo demostrado por la abundancia de vello en los restas ballades y por la fuerte complexion de la victima... En cambio abona la sospecha de intersexualidad el atildamiento de Pablo" (Cr�nica 154). Jim�nez de As�a refuta este �ltimo argumento vali�ndose para elle de una an�cdota que involucra tante a Gregorio Mara��n como a �l. Cuenta el cronista c�mo estando presos ambos en cierta ocasi�n unos reos los confunden con una "partida de invertidos, cuando est�banios all� precisamente por ser muy hombres" (Cr�nica 155). El cuidado en el vestido, cuesti�n relevante en la caracterizaci�n de Jos� Mar�a V�lez-Gomara, no le despierta mayor sospecha, en cambio la contextura f�sica, deudora de una tipolog�a caracterol�gica, s� le merece la debida relevancia cient�fica. Es de notar que a lo largo sus comentarios, Jim�nez de As�a utiliza indistintamente los t�rminos homosexualidad, y homosexualismo; as� como los de homosexual, inverti do e intersexual (vocablo este �ltimo adoptado de la terminolog�a mara�oniana). Esta indiferenciaci�n es todav�a com�n en el vocabulario m�dico-legal de la �poca, aunque el �nfasis recae en el concepto de homosexual, t�rmino de resonancias cient�ficas avalado por el discurso medico biologista en boga que considera a la homosexualidad como una "desviaci�n innata", y ya no un "vicio moral". "Un homosexual es un anormal, y como tal, cae dentro de la jurisdicci�n del m�dico" dictamina Gregorio Mara��n s�lo para reconocer seguidamente que "la delincuencia . . . es mucho m�s intensa en los individuos homosexuales que en los que no Io son" ("Mi concepto biol�gico de la homosexualidad" Obras 1.169). Jim�nez de As�a por su parte deja en claro su distancia con las teor�as "psicologistas", como ocurre en el caso del constructivismo defendido por el crimin�logo argentine Jos� Ingenieros, quien, en opini�n de su colega espa�ol, se destac� menos por su rigor cient�fico que por su dedicaci�n hispanoamericanista ("Jos� Ingenieros, crimin�logo" Pol�tica 164-66).
La naturaleza circular y unitaria que adquiere El �ngel de Sodoma con la inclusi�n del pr�logo de Mara��on y el ep�logo de Jim�nez de As�a es evidente. El prop�sito de controlar la diseminaci�n del discurso sobre la sexualidad parece cumplirse aqu� a cabalidad. El inter�s converger� ahora en apreciar c�mo aparecen desarrollados estos elementos en la novela y en qu� medida se cumplen los presupuestos te�ricos en el interior del discurso ficcional. Se ha se�alado con insistencia la vinculaci�n con el modernismo en la obra de Hern�ndez Cat�.6 Estamos ante un lenguaje de cu�o modernista en deuda con la est�tica del naturalisme. Gran parte del bagaje t�cnico que utiliza Hern�ndez Cat� en esta novela tiene como sustente el saber positivista vigente en la �poca, sobre todo en lo que respecta a la caracterizaci�n f�sica y "moral" de los personajes. Si bien es cierto que este uso encuentra sus antecedentes literarios en la escuela naruralista, no es men�s evidente que hay que atender a las mutaciones que sufre el naturalismo en su tr�nsito por Espa�a y por los pa�ses hispanos. En este sentido el magisterio de Emilia Farde Baz�n (y en general del naturalismo espa�ol) resulta innegable, tal come lo ha demostrado Jorge Febles. Por un lado en El �ngel de Sodoma las descripciones se amoldan perfectamente a la pudibundez que reclamaba el discurso cient�fico para el tratamiento de temas "escabrosos"; pero por otro lado con la subjetivaci�n de la voz narrativa, se produce una distancia con respecte a la norma objetiva que en la pr�ctica termina por alejar al texto de la calidad de documente celebrado por el discurso cient�fico.
Jos� Mar�a entra sin mayor dificultad dentro de las clasificaciones al uso en la semiolog�a m�dica; as�, "su belleza timida y fr�gil de flor" (57) es un primer indicio-la timidez, en esta concepci�n, es una anormalidad: "La timidez es una anormalidad sexual caracter�stica del nombre" (Mara��n "Los estados intersexuales en la pubertad" Obras 3.519)-que r�pidamente es corroborado por un detallado retrato que ofrece el narrador: "La piel imp�ber, las formas t�rgidas, completaban la imagen ya anticipada por el pensamiento. Un halo ambiguo, de carne y de formas indecisas entre los dos sexos, diferenciaba su torso del velludo de Jaime" (101). En la descripci�n del cuerpo de Jos� Mar�a el elemento m�rbido, aludido en la cita anterior por la referencia a la turgidez del cuerpo, se hace expl�cito m�s adelante. De hecho, como queda demostrado en el siguiente fragmento, el narrador de la novela consigna los t�rminos "m�rbido" y "morboso como s�miles que se ajustan a la evidencia de la inversi�n del personaje: Bastaban las cadencias morbosas y est�pidas de un tango en la ciudad, el desarrollo m�rbido de una ola en la playa . . . para que el drama de su carne y de sus nervios tomase estado imperative (132). Seg�n lo ha explicado Montero (101-03), lo m�rbido sirve convencionalmente como un adjetivo clave para connotar el doble efecto de enfermedad y erotoman�a con que el discurso m�dico positivista identifica al cuerpo homosexual.
Gregorio Mara�on a lo largo de su obra propuso una clasificaci�n-que por Io dem�s no difiere sustancialmente de la de otros modelos biologistas-y que puede rastrearse f�cilmente en el retrato de los personajes de la novela de Hern�ndez Cat�. As� el retrato de Jos� Mar�a corresponde claramente al de la llamada constituci�n ast�nica. Escribe al respecte Mara��n:
se trata siempre de individuos de virilizaci�n escasa y a�n de rasgos m�s o menos pr�ximos a la feminidad; es, por ejemplo, muy t�pica de esta constituci�n la escasez de vello en el tronco, en las extremidades y en la cara. (Obras completas 2.411)
Asimismo las figuras "varoniles" siguen el patr�n establecido para los de constituci�n picnica. De las categor�as anteriormente mencionadas se desprenden valores morales que r�pidamente se ven confundidos con las categor�as biol�gicas que los explican. Esta caracterolog�a no se limita ni mucho menos a Jos� Mar�a, sino que abarca en su conjunto al n�cleo familiar y social por donde transita el h�roe. Su hermano Jaime y el "herc�leo" trapecista del circo corresponden a la figura del p�cnico, que el mismo Mara�on explic� en detalle en algunos estudios. De igual modo los medios correctives con los que Jos� Mar�a intenta rehabilitarse forman parte del repertorio de pr�cticas usuales asociadas con la virilidad: practicar gimnasia, fumar, etc. La imagen del homosexual, por otro lado, aparece epitomizada por la figura esperp�ntica de una "loca"-representante de la homosexualidad de los prostituidos en la clasificaci�n maranoniana-en la cual supuestamente Jos� Mar�a ve reflejado el destine que le espera: "un afeminado grotesco, pintarrajeado, jacarandoso y r�pulsive quien, con una flor en la oreja, pas� de una puerta a otra afrontando con cinismo jovial la rechifla de las mujerzuelas apostadas en los umbrales" (166). Este tipo de homosexual se caracteriza seg�n Mara�on por su "afeminada afectaci�n intencionada de tocados, gestes y vestidos" a la par de una "pura perversi�n �tica" ("Mi concepto biol�gico de la homosexualidad" 174) que casi sin excepci�n los conduce al ejercicio de la prostituci�n. La homosexualidad de Jos� Mar�a en un principio se corresponde m�s bien a la del tipo del homosexual vergonzante, un homosexual reprimido y en esa medida digno de conmiseraci�n, caracterizado por tener un marcado sentimiento de culpabilidad. A�adir� al respecto Mara�on: "S�lo el m�dico conoce su tragedia �ntima-a veces tambi�n el sacerdote. Y es muy com�n que muera con fama de soltero rare sin que nadie haya entrevisto la terrible tragedia con la que convivi� durante su vida entera" ("Mi concepto" 172). Por contraste, la imagen que est� representando "el afeminado grotesco" corresponde a todas luces a la de "the feminized fag", un modelo de sujeto homosexual abyecto del que se ha servido la norma heterosexual para infundir miedo y rechazo hacia el agente transgresor (Butler, Bodies 110). De manera significative �sta ser� la imagen que habr� de prevalecer una vez inscrita en la consciencia del personaje, quedando as� explicitada la cualidad imperativa de una Ley que ejerce su acci�n punitiva desde el interior mismo del sujeto condenado: "Urge huir: dentro de poco me Io conocer�n todos y ser� lo mismo que aquel gui�apo abrasado de vicio que pas� de una puerta a otra, entre risas, con una flor avergonzada en la oreja" (189). Y m�s adelante, cuando Jos� Mar�a se siente incapaz de combatir la "perversi�n" que lo corroe: "'No soy bueno, soy unmonstruo! �Un sepulcromal blanqueado!... �Lamadrecita! �Quien sabe si un d�a me veais pintarrajeado de rojo y con una fior tras de la oreja!'" (208).
Un aspecto central en la caracterizaci�n de Jos� Mar�a es la agobiante situaci�n de vigilancia bajo la cual se desenvuelve. El pueblo funciona como un perfecto mecanismo en el que ni el menor movimiento escapa a su omnipresente mirada. "The gossip factor" (182)-le llama Bejel-"that is to say, the social pressure against homosexual practices, and which in this novel is represented by the gossiping of the Spanish villagers where Jos� Mar�a lives" (182). Esta sombra se extiende desde la figura fantasmal del padre muerto hasta la del an�nimo habitante que Io reconoce en la calle:
Ignoraba que el cochero Io conociera, y se sorprendi�. Se sorprendi� m�s cuando, aqu� y all�, muchas personas se volv�an para saludarle y por doquier elevaba su paso un murmullo de simpat�a: "Es el se�or de la casa del escudo". "Es el mayorazgo de los V�lez-Gomara, �bueno si los hay!". (207-08)
Por supuesto que el personaje resiente los efectos de esta situaci�n y vive en una permanente condici�n de desasosiego, quedando al descubierto los efectos del llamado conocimiento paranoico, en donde, tal como lo se�ala Sedwig "To know and to be known become the same process" (100).
A la vigilancia Ie sigue el proceso de normalizaci�n-exclusion. Al no pertenecer al grupo "natural" de heterosexuales, Jos� Mar�a queda fuera del proyecto de un cuerpo homog�neo que se instaura como ideal social. Es particularmente interesante notar c�mo en esta novela se dramatiza el cambio que va de un orden social "natural" a uno biol�gico. Su condici�n distintiva, la de ser "el mayorazgo de los V�lez-Gomara" aparece desplazada por la individualizaci�n de Jos� Mar�a como un "ser" homosexual, es decir su clasificaci�n patol�gica prima sobre su linaje parricio. Claro est� que no se plantea como una oposici�n sino m�s bien como una coincidencia; Jos� Mar�a es el �ltimo representante de un abolengo en el que factores biol�gicos-la herencia-y econ�micos-la emergencia de una fuerte burguesia comercial aunada a una pujante clase media que desplaza a Ia vieja casta-precipitan su extincion dentro del nuevo tejido social. Nuevamente los escritos de Mara��n nos dan la pauta para ahondar algo m�s en este punto. El m�dico espa�ol, duro cr�tico de la aristocracia, consideraba a esta clase como "uno de los m�s poderosos disolventes de las nacionalidades" ("Literatura sexual" Obras 1.30). El cosmopolitismo que demanda Mara��n queda expresado de manera correlative en la sexualidad pervertida de los arist�cratas. La figura del arist�crata venido a menos encuentra en el homosexual un correlato perfecto para la dramatizaci�n del cambio que se viene operando en la estructura econ�mico-social. Un sujeto como Jos� Mar�a Velez-Gomara no s�lo no tine cabida en el nuevo m�delo social sino que, en beneficio de la integridad de la nation ser� eliminado de los confines de la patria. La clase media que en palabras de Mara��n es "Io m�s importante de la naci�n, no s�lo por su n�mero, sino, sobre todo, por su valor racial" ("Literatura sexual" 30) es la que finalmente aparecer� entronizada en el desenlace de la novela de Hern�ndez Cat�. "Toda la sexualidad es un asunto de econom�a" (20), nos Io recuerdan Deleuze y Guattari; entonces, en una econom�a sexual donde al homosexual se le impone como paradigma una sexualidad signada por la esterilidad, resulta esperable que se lleven estas premisas hasta sus �ltimas consecuencias. Jos� Mar�a, desde esta l�gica, resulta incapaz de reproducir las demandas de una sociedad donde Io productivo queda limitado a los par�metros establecidos por la normativa heterosexual burguesa. Por otro lado su existencia se convierte en un estigma para la imagen que esta en apariencia pujante naci�n mediterranea pretende proyectar de si misma. En todo Io que su "cuerpo extra�o" contiene de for�neo, portador de todas las anomal�as y vicios que proliferan en Europa, Jos� Mar�a-o mejor a�n, lo que �l representa-debe ser expurgado.
Uno de los logros de la novela a mi entender radica en la tensi�n dram�tica generada en el relate con "la ca�da" (47) del personaje y Io que �l representa; s�lo en esta medida me parece factible aludir a ella como a "un estudio psicol�gico".7 La voz narrativa en tercera persona, a medida que avanza el argumente-es decir, que Jos� Mar�a descubre su "homosexualidad"-focaliza desde la perspectiva del personaje, acercando al lector al fuero interne de Jos� Mar�a:
Todo es in�til. Tu barba, tu cara envuelta en hurno, tus trabajos, pueden menos que ese desasosiego muelle que a veces te turba. Los ejercicios de semanas y semanas, los sacrificios de meses, son vencidos por un medio d�a de tormenta por un tropezon involuntario con el companero de la oficina, por una mirada imposible de sostener en la calle. �Recuerdas la impresi�n que te hizo ayer aquel vendedor de baratijas? No se trata de una cosa que puedes adquirir o dejar, sino de algo que "eres" porque naciste as�, porque te engendraron as�. Y tarde o temprano... (133-34)
Todo sirve para recalcar los s�ntomas de la "enfermedad incurable" y como se manifiestan en la atormentada subjetividad del h�roe. El "combate" intersexual en la terminolog�a de Mara��n, se expone a la mirada del lector, s�lo que aqu� y a sabemos que es el temido Otro quien ha tornado posesi�n definitiva de "su carne virgen e impura" (235).
Este perpectivismo en la voz narrativa alcanza sus momentos m�s expresivos en los reiterados sue�os, fantas�as y mon�logos del personaje. Estos elementos enriquecen la complejidad del personaje, y abren espacios interesantes para una comprensi�n cabal de la obra. Esto se explica tal vez en funci�n de la incorporaci�n de cierto discurso psicoanalitico que a pesar de ser presentado de manera algo superficial, constituye un adelanto respecte al r�gido modelo positivista defendido a ultranza por Mara��n. En �l se da cabida al efecto del entorno social-sobre todo de la familia-en la adopci�n de los roles sexuales. Un padre d�bil, alcoholizado e incapacitado para la acci�n (aunque de contextura fisica desmesurada-es decir "anormal"-"cicl�peo" [49] y de "cabeza chica" [49] Io que Io acerca a la categor�a de los eunucoides en la tipolog�a de Mara��n), se contrasta con una madre menuda f�sicamente pero de un temperamento activo que la acerca a las concepciones de "Io masculino". Asimismo en los sue�os de Jos� Mar�a se esboza la complejidad de un deseo latente que permanece "reprimido" por la acci�n de un "yo" sujeto a las f�rreas convenciones del bien y del mal.
Algo similar ocurre en la distribuci�n de los espacios. No parece casual que sea un circo el lugar donde se le revele su homosexualidad a Jos� Mar�a, en una epifan�a negativa que pone al descubierto simult�neamente las "heces de instinto" (90) que se remueven en ese instante en el personaje. En los extramuros, es decir precisamente en los espacios que escapan simb�licamente o est�n en los l�mites de la ciudad, operan los factores que precipitan su "noche oscura del esp�ritu" (93). En el circo, como en los otros espacios exc�ntricos, permanece latente el acceso a un mundo "al rev�s" (Bajt�n), un espacio de liberaci�n que propicia la irrupci�n de impulsos reprimidos. As� los muelles, y por un momento fugaz, el propio Par�s -institucionalizada como la capital del pecado-se convertir�n en puntos virtuales de fuga que escapan al dominio de la norma patriarcal. La idea de que Par�s es el centro corruptor, enlaza a su vez perfectamente con el sistema de alianzas y de rechazos a partir del cual se puede definir lo national8 o, como quer�a Jim�nez de As�a, Io "Hispanoamericano". No ser como los Franceses ni como los yanquis es, entre otras cosas, establecer un marco en el que la homosexualidad no es una pr�ctica tolerada. La oposici�n aqu� es clara respecto a la ciudad regida por la sombra del escudo familiar, la cual aparece retratada como un verdadero pan�ptico. Este esquema se reproduce en otros espacios-la casa, el trabajo en el banco. Parte, por ejemplo, del impulso por "virilizar" su entorno inmediato lleva a Jos� Mar�a a abandonar la comodidad de su habitaci�n -a la que ve como una proyecci�n de su debilidad femenina-para literalmente transformarla en una celda de penitencia.
En la caracterizaci�n de Jos� Mar�a, especialmente en lo relacionado a sus aspectos psicol�gicos, queda claro que el deseo homoer�tico es imaginado desde el interior de una red discursiva que atraviesa el texto de El �ngel de Sodoma. Lo que tenemos en suma es un corpus de ideologemas que se expanden, se dramatizan y se resuelven en concordancia con el modelo logocentrista de la sociedad occidental. En la novela de Hern�ndez Cat� se verifican los movimientos t�cticos del positivismo, y la importancia estrat�gica que tiene la literatura en la diseminaci�n de los saberes. Bajo el pretexto de una glosa ilustrativa encontramos que se le impone al lector una gu�a de lectura que en definitiva termina por apoderarse de la novela misma. Creo que en este sentido tambi�n hay que considerar El �ngel de Sodoma como un texto fundador o al menos part�cipe de los avatares en los que incurre la norma discursiva en Hispanoam�rica. La ejemplaridad que podemos encontrar es sin embargo otra muy distinta a la propugnada por Mara��n y Jim�nez de As�a en sus respectivos textos. Con la aparici�n de la segunda edici�n de El �ngel de Sodoma se hace ostensible el funcionamiento de una compleja red discursiva, la misma que nos alerta sobre el grade de distorsi�n que logr� alcanzar una tecnolog�a del saber en su momento concebida como progresista. Esta estrategia comprende una serie de saberes m�dicos, siqui�tricos, pedag�gicos, etc. De este modo la novela de Hern�ndez Cat�, (en donde la terni da subjetividad escapa a este r�gido control) es a su vez reapropiada para dirigirla a una instancia m�s "objetiva", y por consiguiente menos problem�tica. Eliminados los obst�culos que conlleva un texto de ficci�n nos quedamos con la anhelada textura di�fana del documente cientifico en donde la "verdad" puede ser controlada y redistribuida sin mayores peligros. En t�rminos pr�ctices, gracias a lo estipulado en el pr�logo y el ep�logo, parece cristalizarse un caro anhelo de Mara��n y de otros hombres de tiencia: "La sustituci�n de la novela por el ensayo biol�gico" ("Una carta sobre la novela y el ensayo" Obras 1.519).
Las implicaciones que lo anterior cobra en una novela invocada como una de las primeras ficciones donde se aborda la llamada problem�tica de la homosexualidad, son en efecto aleccionadoras. Es obvie a estas alturas constater que dicho mecanismo no se limita a la interpr�tation de la obra, sino tambi�n incluye al lector que la recibe. En un volumen donde la primera y �ltima palabra no corresponden al novelista, hay un mensaje expl�cito que quiere ser enfatizado. Porque tal como se encarg� de puntualizar Mara��n, el tratamiento de un tema tan "escabroso" precisa de la intervenci�n imperativa de las agencias de control. Pero hay m�s, y a este sin duda apunta el proceso de enmarcaci�n. El lector de ficciones no es un sujeto del todo confiable; las mistificaciones, los malentendidos, las oscuras intenciones que lo pueden conducir a leer un texto con un t�tulo tan sugerente y en general, toda obra de ficci�n, no lo convierten en un sujeto de fiar. No basta con escenificar "el drama de su came y de sus nervios" (132) a trav�s de la ejemplaridad de la historia; hay que vigilar tambi�n al centim�tro que el lector entienda correctamente el mensaje que se formula.
Pero �en qu� consiste exactamente este mensaje? Aparentemente, no s�lo se trata de la regulaci�n de la homosexualidad ejemplificada en el destine de Jos� Mar�a. Lo explicito del relato esta en la representaci�n de todo el aparato social, recodificado en este caso en la met�fora del cuerpo enfermo. La marginalidad, ubicada parad�jicamente "en el centro" de la novela de Hern�ndez Cat�, moviliza r�pidamente a las agencias de control, representadas aqu� por la autoridad de los discursos m�dico y legal. Es cierto que la homosexualidad aparece en el texto al menos tematizada como signo de la dispersi�n de la modernidad; pero no es menos cierto que la heterogeneidad es percibida como una amenaza para el sistema represivo en que se modela esta �tica racionalista y burguesa del poder. De all� la necesidad de purificar no s�lo ya con "la qu�mica cient�fica, la art�stica" (Hern�ndez Cat� 9) sino tambi�n de segregar a los sujetos tenidos como indeseables y peligrosos para el modelo de sociedad propuesto. En este caso, con su muerte, el homosexual deviene en chivo expiatorio9 que participa de un ritual siniestro que alcanza un grado de sofisticaci�n insospechado. Como sucede en el mito tal como lo ha explicado Girard: "el culpable es tan consubstancial a su falta que no podemos disociar �sta de aquel. Dicha falta aparece como una especie de esencia fant�stica, un atributo ontol�gico... Le basta ser lo que es" (52). El "ser homosexual", a pesar de lo que se diga, sigue siendo concebido como un sujeto monstruoso. La eugenesia-es decir la supresi�n de lo degenerado en t�rminos evolutivos-aparece ritualizada en una representaci�n �tico-policial en la que el individuo "esp�reo" asume en �ltima instancia activamente la necesidad de su aniquilamiento. Incapaz de conciliar siquiera la idea de su sola presencia en el organisme social, se vuelve a recurrir a los saberes prescritos por la normativa heterosexual burguesa para contrarrestar una trasgesi�n inaceptable al interior del sistema. Esta vez de manera implicita repercute la idea de que la "desviaci�n homosexual" aparece inevitablemente ligada a la existencia de impulses tan�ticos, los mismos que tarde o temprano afloran con mayor o menor violencia al interior del sujeto invertido. Jos� Mar�a, como es obvio, no puede escapar al destino trazado de antemano para este tipo de infracciones:
�La muerte, s�;lo la muerte, puede abrirme una puerta pura! La muerte le evitaba todo, lo borraba todo... Pero tampoco pod�a suicidarse sin un motive, dejando la mener pista de sospecha hacia el verdadero proceso que �l mismo sustanciaba conden�ndose a la �ltima pena. Era preciso proceder con cautela femeninamente... Su padre hab�ale dado ejemplo... (232-33)
El suicidio se convierte-simb�licamente, se entiende-en la recela que expende la farmacopea de la ciencia en beneficio del enfermo incurable. En este gesto magn�nimo se pone en evidencia que la prerrogativa de la vida y el don de la muerte han pasado de las manos de la religi�n a las de la ciencia. El suicidio del personaje (opci�n por lo dem�s can�nica en las ficciones con tema homosexual10) que se premedita como un "accidente" tiene su correspondencia con "el accidente de la naturaleza"; el "extrav�o evolutivo" al que se refer�a Mara��n en el pr�logo. La invocaci�n al Genesis en el ep�grafe del libro asume en este dictamen un sentido inequ�voco: Sodoma est� por todos lados, pero las sanciones de la ciencia, y ya no de la religi�n, la salvan del holocauste indiscriminado.
Para terminal, voy a retomar la probable incidencia del Hispanoamericanismo defendido por Jim�nez de As�a a prop�sito de la novela de Hern�ndez Cat�. Bajo la luz de esta doctrina adquiere un nuevo e inquietante sentido la pol�mica11 sobre la "verdadera" nacionalidad de Hern�ndez Cat�, y las consecuencias que se derivan de este hecho tanto en lo que se refiere a su producci�n como al lugar espec�fico en la consideraci�n cr�tica. La indeterminaci�n resulta aqu� particuliarmente valiosa, ya que se ajusta a un modelo que en nombre de la ciencia borra barreras que ya no le son funcionales. "La ciencia es universal y no tiene patria" (65), escribe Jim�nez de As�a-"la ciencia no tiene nacionalidad" (42) hab�a repetido ya con insistencia Miguel de Unamuno en 1895. Pero este ideal de raigambre positivista se diluye al entrar en conflicto con "la pol�tica panyanqui" (Pol�tico 64) percibida como una amenaza que se opone a este ideal hispano. Tambi�n es factible leer el significado que esconde la ubicaci�n de la ciudad del escudo a partir de similares premisas. Esta ciudad sin nombre, que si bien es cierto en virtud de las se�as geogr�ficas que se dan puede ser asimilada en principio como una localidad mediterr�nea, se ajusta en esencia a un modelo selectivamente diferenciador. Aqu� la "ciudad patricia" (Hern�ndez Cat� 48) se propone emblem�ticamente como un espacio ut�pico que se extiende al dominio deseado de una comunidad hisp�nica. Desde esta perspectiva, la homosexualidad de Jos� Mar�a V�lez de Gomara no s�lo ayuda a reforzar los l�mites de la norma heterosexual que se fija por contraposici�n a la "desviaci�n" homosexual, sino que por a�adidura sirve para la configuraci�n de un mapa pol�tico-social en el que la identidad de una comunidad pasa por la denuncia implacable y efectiva de aquellos elementos designados como indeseables. A partir del destino ejemplificador del h�roe de la novela de Hernandez Cat�, se postula una �tica que por las v�as de la coacci�n o del "sacrificio" (Jim�nez de As�a en el ep�logo a la novela encuentra en la figura de Jos� Mar�a un ejemplo de "un homosexual heroico que se entreg� a la muerte sin claudicar" [255]), se autodefine como ajena, o en todo caso, eficaz en combatir la "degeneraci�n" que irradia Par�s. No es gratuito enfonces que la "ciudad patricia", sea proyectada metonimicamente a partir "de la casa del escudo" (Hern�ndez Cat� 208), y que este escudo a su vez sirva como un talisman que a la par de defender a sus honrados habitantes de las amenazas for�neas, encierre las esencias que se buscan preservar de cualquier amenaza de alteridad. El que precisamente se trate de un personaje aristocr�tico, adem�s de lo anotado anteriormente, le confiere una dimensi�n tr�gica-cuando no melodram�tica-que no hace sino reforzar el car�cter edificante de una puesta en escena que se distingue tambi�n por su transparente intencionalidad "cat�rtica". R�sulta arg�ible considerar que la presencia impl�cita de este corolario de �ndole "hispanoamericanista" sirvi� para avivar a�n m�s el inter�s por lo novedoso de su tema, dadas las crecientes posibilidades de adoctrinamiento que supon�a.
El pr�logo de Gregorio Mara�on y el epilogo de Jim�nez de As�a, en resumen, devienen en marcos perfectos para la propaganda doctrinal positiviste, que a su vez queda enmarcada dentro de la retorica de "lo hispano". Tambi�n vemos c�mo este proyecto positivista de uniformizaci�n discursiva encuentra en El �ngel de Sodoma un texto �nico para el despliegue de los saberes que funcionan en Hispanoam�rica en las primeras decadas del siglo XX.
1 David William Foster, Alfredo Villanueva Collado, y recientemente Emilio Bejel han se�alado la primacia cronol�gica del texto de D'Halmar respecte al de Hern�ndez Cat�. Dice al respecto Bejel "strictly speaking, this is not correct, since before his novel the Chilean Augusto D'Halmar had written one on the same theme titled La pasi�n y muerte del cura Deusto [The passion and death of Father Deusto] (written in 1920 and published in 1924)" (168). Le agradezco al profesor Emilio Bejel el haberme facilitado una copia de su capitule sobre Hern�ndez Cat� que aparecer� en su libro aun in�dito, Gay Cuban Nation.
2 Todas las citas que vamos a usar corresponden a esta edici�n.
3 Michel Foucault en su Historia de la sexualidad, vol. 1 ha definido los alcances de esta puesta en escena discursiva. Lo "innombrable", por ejemplo, ocupa un lugar privilegiado al interior un discurso de control intensificado por la Iglesia cat�lica a partir de la Contrarreforma (28). En el caso de la homosexualidad, sin embargo, la proliferaci�n discursiva alrededor de lo "innombrable" va a encontrar su veh�culo id�neo dentro del discurso cient�fico que se establece en el siglo XIX. Esta vez lo cient�fico legitimiza la puesta en escena discursiva en funci�n del proyecto cognitive que anima a la empresa positivista. As� en el Idearium que recoge el pensamiento de Mara��n podemos leer bajo el encabezado de "Literatura sexual" lo siguiente: "Nadie se alarma del torrente de prosa que cada d�a se dedica a los m�s est�pidos detalles del f�tbol, del toreo o de la chismografia de entre bastidores... Pero en cuanto dos veces en el mismo trimestre se les habla a las gentes de un vital conocimiento para todo ser humano, de lo que cada cual debiera conocer a la luz pura de la verdad, para bien de los cuerpos y de las almas, entonces aparecen los gestos pudibundos, los distingos y los consejos pedantescos, incluso de gentes que presumen de modernas y despreocupadas" (289-90).
4 Ver el ensayo "Camilo Barcia: pol�tica norteamericana" Pol�tica. Para una visi�n de conjunto, consultai el detallado estudio de Fredrick B. Pike (en donde se consigna la participaci�n de Mara��n pero no as� la de Jim�nez de As�a).
5 En sus Cr�nicas del crimeny puntualiza: "Con respecto al influjo del homosexualismo en la criminalidad, me importa decir ahora que la repugnancia ambiente contra esas pr�cticas sexuales, desviadas, arroja a los invertidos en c�rculos de 'mala vida', donde acaso se pervierta su car�cter al contacto con gentes indeseables" (157).
6 Existe unanimidad entre los criticos que con m�s detalle han estudiado la obra de Hern�ndez Cat� sobre la importancia que la est�tica modemista, as� como su deuda con el naturalismo, adquiere en la escritura de este escritor. Para un panorama general ver, Uva de Arag�n (caps. 1 y 2). Recientemente es Emilie Bejel quien ha incidido con perspicacia sobre este punto (170, 171).
7 "En esta novela los cr�ticos han coincidido, y con raz�n, en se�alar la hondura del estudio psicol�gico del personaje y la comprensi�n del autor hacia Jos�-Mar�a V�lez-Gomara, tanto en el sentido cient�fico como humane" (Arag�n 83).
8 Sylvia Molloy explica c�mo funciona este axioma homof�bico en la construcci�n del discurso homosocial latinoamericano: "Homosexuality exists in Argentina, Batiz tell us, but in reality, le mal vient de plus loin, from Italy, from that house on Corso Umberto I exporting decadent Roman models to Buenos Aires" (194). Al respecte ver tambi�n el ensayo de Salessi.
9 Ver el cap�tulo 2 de Girard. For otro lado, Sedwick (85) encuentra que el reconocimiento de una identidad homosexual y su consecuente "victimizaci�n" sirven para mantener el dominio de una identidad heterosexual basada en una cultura masculinista. Finalmente en lo que respecta a este punto, Judith Butler ("Sexual Inversions" 61-64) ha llamado la atenci�n respecta a la tradicional percepci�n patriarcal-agudizada con la irrupci�n de la epidemia de SIDA-de que el deseo ligado a la muerte se convierte en el factor que define la pr�ctica sexual homosexual.
10 Ver en el art�culo de Villanueva Collado y en Foster (36, 37).
11 Para Febles, por ejemplo, no hay duda de que la obra de Hern�ndez Cat� debe ser colocada dentro de la producci�n espa�ola en virtud de su larga residencia y copiosa producci�n en tierras hispanas; mi entras que Bejel destaca sobre todo la importancia que tiene dentro de la literatura cubana. Uva de Arag�n considera oportuno proclamarlo como un escritor "cubano, salmantino (espa�ol) y universal", tal como reza el t�tulo de su libro.
[Reference]
Obras Citadas
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[Author Affiliation]
Juan Carlos Galdo
University of Colorado at Boulder